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Crítica de Men

Hay que tener cierto nivel de talento para que una película de apenas 100 minutos –incluyendo los créditos – se sienta interminable pero, es lo que Alex Garland logra con Men, su tediosa nueva oferta cinemática. Se nota todavía mas cuando esta misma semana estrena Elvis, consiguiendo exactamente lo contrario.

Lo peor de todo es que es un buen concepto. Porque no es tan malo cuando una mala película tiene una idea estúpida. Pero Garland es un tipo que definitivamente no cree en decir exactamente lo que piensa aunque, sus dos veces anteriores lo logra mucho mejor; la excelente Ex Machina es una ingeniosa conversación sobre la naturaleza humana, mientras Annihilation estudia nuestra relación con la naturaleza en una historia sobre duelo.

En Men, Garland se convierte en el estereotipado aliado social asegurando que él no es como los demás hombres porque “mira que malos son estos tipos de machos, menos mal que yo no soy así, por eso hago esta película”.

Harper (Jessie Buckley) renta una cabaña en un bosque lejano de Inglaterra, donde espera retirarse de toda sociedad luego de una tragedia envolviendo su fallecido esposo. Las cosas rápidamente salen de control cuando un desconocido aparece desnudo en el patio, aparentemente siguiéndola sin explicación. El hombres es interpretado por Rory Kinnear, quien también encarna otras versiones de la imposición masculina, incluyendo la económica, sexual y religiosa.

Lo que salva Men de ser un completo insoportable desastre son las maravillosas actuaciones de sus protagonistas. Buckley ha demostrado ser una de las grandes promesas de esta era, con la envidiable habilidad de expresar sentimientos con pocos movimientos de su rostro, entregándose completa a sus roles, como en The Lost Daugther, donde se va cuerpo a cuerpo con la gran Olivia Colman. Por su lado, ver a Rory Kinnear trabajar es un privilegio, especialmente en un proyecto encarnando diferentes papeles viéndose y escuchándose distinto de cada uno, simultáneamente compartiendo inquietantes características.

Lamentablemente Men se convierte en una parodia de sí misma, a pesar de que el tercer acto trata de redimirse, pero Garland se pone el pie si mismo insistiendo en ambigüedad, como si ser misterioso fuera equivalente a profundo. Véala a su riesgo.

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